ULTRAMARINOS Y COLONIALES





















Relatos, pensamientos, chorradas, fotos, viajes, películas... todo mezclado como en aquellas viejas
tiendas.






#DesastreNatural

Subidos en la azotea de la agencia contemplaban el desastre a su alrededor.

Mientras esperaban la llegada de los equipos de rescate intentaron recordar cómo habían llegado hasta allí.

Estaban los cuatro: un equipo creativo, una directora de cuentas y alguien que debía de ser el becario, porque a nadie le sonaba su cara pero sonreía mucho y no dejaba de asentir con la cabeza.

La mañana había comenzado primaveral, soleada y con un fresquito agradable. Las primeras nubes empezaron a formarse más o menos cuando la directora de cuentas apareció con ese briefing “para ayer”, para cuando se encerraron en la sala de reuniones el cielo estaba totalmente encapotado, pero la verdad es que bastante tenían con lo suyo, así que no le prestaron demasiada atención.

No llevaban ni quince minutos, el tiempo justo de acabar los cafés, comentar el último episodio de “Mad Men” sin mucho spoiler, porque la directora de cuentas no lo había visto todavía (a punto estuvieron de reventárselo, para empatar con lo del briefing a traición, pero no sería una represalia equilibrada, nadie se merece algo así) y cagarse un poquito en el cliente.

Se metieron en faena y fue entonces cuando el golpeteo sobre las grandes cristaleras se fue haciendo cada vez más fuerte. Los destellos, suaves al principio, cegadores al final, iban cada vez más acompasados con el estruendo que les precede.

Pero ellos seguían a lo suyo, ajenos a la que se estaba montando a su alrededor.
Cuando tras sangre, sudor y lágrimas dieron con el concepto que sintetizaba ese briefing inmisericorde fue cuando miraron a su alrededor y tuvieron el tiempo justo de subir por la escalera de incendios hasta la azotea.
Finalmente, fue el becario el que, sonriendo mientras asentía con la cabeza sentenció:

- “Creo que esta tormenta de ideas se nos ha ido de las manos”.





#EfectoMariposa

El viejo y sempiterno dictador sintió de nuevo el horror reflejado en sus ojos.

Pero esta vez el reflejo no era de fuera hacia dentro, no era fruto de cualquiera de sus mil maneras creativas de torturar. Esta vez sus pupilas ejercían de pantalla del retroproyector de su cerebro. Esta vez el horror era sentido, no infringido

Desde el inmenso ventanal de su obsceno palacio, y más allá del reflejo de sus, creo que ya lo hemos dicho, horrorizadas pupilas, contemplaba la inmensa ola, una ola con una cresta aún más alta que la más alta de sus onanistas estatuas, ahora figuritas que caían como los naipes soldado de Alicia en el País de las Maravillas.

El pánico del viejo y sempiterno dictador era doble. Por un lado no podía comprender el origen de esa inmensa ola, de este tsunami que se acercaba inmisericorde a su guarida. La capital, que llevaba su nombre, como no podía ser de otra manera, estaba a sus buenos trescientos kilómetros de la costa.

Pero lo más extraño de todo era que ese tsunami era algo así como selectivo. No arrasaba con todo lo que se encontraba por delante, sólo (es una forma de decirlo) se tragaba a los chivatos del régimen, a la guardia personal, a los torturadores de las diferentes comisarías que iba encontrando en pueblos y distritos…

Y ahora estaban los dos frente a frente, el dictador y el tsunami.

- “A” repitió contento el niño mientras reía y aplaudía con un movimiento que recordaba el batir de alas de una pequeña mariposa.

- “Muy bien” dijo su madre. “Vamos con la siguiente… E”



#PretAPorter

- ¿Qué tal me queda este Stevejobs?

- Hombre, no sé, usted es un poco más Billgates, así a primera vista, por el tiro y eso.

- Ya, pero es que yo quiero algo más carismático.

- Entonces sí, sin duda, este es el suyo. Lo único, siempre en percha, es un tejido bastante voluble.

- ¡Perdone!¿tienen algo estilo “amado líder”?

- Sí, mire, al fondo, a la derecha, junto a “vamos a morir todos”. ¡Niña!¡Sube del almacén treinta o cuarenta Amanciosortega, que se nos están acabando!

- No sé si nos quedan tantos, jefe, habrá que pedir.

Aquello era una locura, hacía tres semanas que había abierto el negocio y cuando llegaba por las mañanas ya tenía cola delante de la puerta. Cada día descargaban en el callejón trasero cuatro o cinco camiones de los grandes, la rotación del género era digna de “case study” en escuela de negocios. Los productos no permanecían en el almacén más de dos horas. Excepto esas cajas que llegaron un par de días antes de levantar la persiana por vez primera. Allí seguían, sin quitar ni la cinta de embalar.

Tendría que llamar a alguien para que las retirase, quizás a ese rumano que le rotuló el cartel de la puerta. Sí, eso es lo que iba a hacer, llamaría al rumano, sería una forma de compensarle por el pollo que le montó. Al fin y al cabo, un simple error ortográfico había conseguido darle a su negocio, y a su vida, un giro de ciento ochenta grados.

ROLES DE IMITACIÓN.


#CasaDeEmpeño

- “Pues no sé si le voy a poder dar mucho por esto”.

Le dijo levantando la mirada por encima de las progresivas.

Se le cayó el mundo encima, era lo último que le quedaba. Las joyas de su madre, el reloj y la alianza de su padre, la Playstation… todo había seguido el mismo calvario hasta la cima del Monte de Piedad.

- “Primero habría que asegurarse de que es buena”, añadió el individuo.

- “Pues claro que es buena” se atropelló al hablar, indignado “ha estado conmigo casi toda mi vida, y antes perteneció a mis padres, y antes a los suyos, y…”

- “Ya, ya” le cortó impaciente el otro. “es lo que dicen todos. Acompáñeme”.

Y, sin mirar atrás, cruzó la discreta puerta de la trastienda. Allí, un almacén atravesado por estanterías metálicas rebosaba todo tipo de objetos agrupados por categorías. Dejaron atrás “Joyas”, “Pieles”, “Lámparas”, incluso “Vehículos de motor” (allí estaba su vieja Lambretta) hasta llegar a un pasillo en el que las estanterías no estaban llenas de un batiburrillo de piezas de distintos tamaños y colores, sino de enormes cajas de cartón kraft apiladas y etiquetadas. 

El hombre cogió una al azar. Y señaló la etiqueta con displicencia: “Pongo la mano en el fuego por”

- “¿Lo ve amigo? Ha elegido usted un mal momento para empeñar su palabra”.


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